Análisis por: Belén Peschiutta | Política Internacional
En el tablero de la geopolítica actual, la decisión de la Argentina de formalizar su salida de la Organización Mundial de la Salud (OMS) se presenta como un acto de reafirmación soberana. Sin embargo, ante el reciente brote de hantavirus —que ya ha trascendido las fronteras nacionales hasta alcanzar un crucero en el Atlántico—, la pregunta obligada no es solo política, sino existencial: puede un Estado moderno gestionar una amenaza biológica en absoluto aislamiento?
La advertencia del director de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, fue quirúrgica: "Al virus no le importa nuestra política". Esta frase resume la vulnerabilidad de un país que decide desconectarse de la red de vigilancia sanitaria más grande del mundo en el momento exacto en que una cepa local (como el virus Andes) comienza a captar la atención epidemiológica internacional.
Esto nos lleva a un aislamiento científico pues salir del organismo no es simplemente dejar de pagar una cuota, es renunciar al Reglamento Sanitario Internacional. Al quedar fuera, la Argentina pierde acceso prioritario a:
Vigilancia Genómica Global: La capacidad de comparar mutaciones del hantavirus con bases de datos mundiales en tiempo real.
Protocolos de Estandarización: Sin el aval de la OMS, los certificados de salud y procesos de exportación de productos argentinos podrían enfrentar barreras sanitarias discrecionales de otros países.Además el costo económico en que podría resultar en un encarecimiento logístico. La OMS actúa como un gran negociador para la adquisición de insumos, vacunas y reactivos de diagnóstico a precios subsidiados o mediante fondos de emergencia. Sin este contexto, Argentina deberá negociar de forma bilateral con laboratorios multinacionales, perdiendo el poder de compra en bloque que ofrecen las agencias multilaterales.
Otro punto importante es la seguridad nacional, el hantavirus no respeta aduanas. El caso del crucero MV Hondius, que zarpó desde Ushuaia y hoy reporta muertes frente a las costas de Cabo Verde, demuestra que las crisis locales son, por definición, globales. Al estar fuera de la OMS, la coordinación para el rastreo de contactos y la contención del brote se vuelve un laberinto diplomático en lugar de un procedimiento técnico fluido.
La soberanía hoy no se ejerce mediante el aislamiento, sino a través de la participación estratégica. Retirarse de la OMS en pleno brote de hantavirus no fortalece al Estado; lo deja solo frente a un fenómeno que, por naturaleza, es indiferente a las ideologías y a las fronteras políticas.
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